Hoy nos ha dejado un gran luchador para los derechos humanos, el arzobispo Desmond Tutu. Su trabajo frente a la intolerancia y la violencia del Apartheid en Sudáfrica hizo que obtuviera el Premio Nobel de La Paz en 1984. Nacido en 1931 en Klerksdorf, obtuvo su título en la Universidad de Sudáfrica en 1954 y fue ordenado sacerdote en 1960. En 1975 fue nombrado deán de la Catedral de St. Mary en Johannesburgo, el primer negro sudafricano en ostentar ese cargo. En 1978, se convirtió en el primer secretario general de color del Consejo Sudafricano de Iglesias. Debido a su postura pública abiertamente contraria al apartheid, recibió múltiples calumnias de sus enemigos, pero también ataques de sus amigos, de los medios de comunicación y de los políticos. Sin embargo, gracias a su extraordinario amor por su país y a su compromiso con la humanidad, a su visión y fundamentalmente a su fe, perseveró en su posición. En 1994, tras las primeras elecciones democráticas y no raciales en Sudáfrica, que pusieron fin a ochenta años de dominio de la minoría blanca, el nuevo parlamento creó la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, de la que nombró presidente a Tutu, para afrontar la brutalidad del pasado de forma firme y no exenta de dolor. Su fe en Dios se ejemplifica en creer que la batalla por el bien se puede ganar o perder, pero que para luchar contra el mal no basta únicamente con las plegarias sino que son necesarias acciones concretas contra el mal en la tierra.

De 2007 a 2013, el Arzobispo Tutu fue el Presidente de los Ancianos (The Elders), un grupo de líderes mundiales prominentes que contribuyen con su integridad y estatura moral para tratar algunos de los problemas más acuciasteis del mundo. Otros miembros incluyen a Kofi Annan, Mary Robinson y Muhammad Yunus, otro defensor de nuestro programa de educación en derechos humanos, Speak Truth to Power, como el arzobispo Tutu.

Una cita suya que personifica muy bien su actitud y ética de trabajo que siempre nos ha impactado especialmente aquí en RFK Human Rights España es la siguiente:

“Tenemos un Dios que no dice <Ves…te he pillado!> No, Dios dice <Levántate!> Dios nos quita el polvo y nos dice: <Inténtalo de nuevo>”.

Su enorme impacto durante muchas décadas en Sudáfrica es innegable y la importancia de lo que nos ha enseñado a lo largo de su vida es de inmensa importancia en cada lugar del mundo. Nuestro trabajo es muy profundamente inspirado por el suyo. Le echaremos mucho de menos, y seguiremos luchando para perpetuar su gran legado y ayudar a las generaciones futuras a trabajar por un mundo más justo y pacífico en el que todos tienen los mismos derechos sin discriminación ninguna.